LaMiradaDelGato

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    en una llamada

    Sonó el teléfono. No lo pude descolgar. El ruido no cesaba. Siguió perturbando mis tímpanos perpetuándose en el tiempo hasta llegar a irritarme.

    Lo haría. Seguiría sonando hasta acabar con mi consciente y forzada resistencia.

    Dos mensajes en el buzón de voz. Esa voz inconfundible que me derrite.

    Por la noche. Otra vez.
    Una llamada sin identificar. Suspiro. Ya no voy a negarlo más.

    La mente juega a veces malas pasadas, y queramos o no, nos ayuda tantas veces como nos delata.

    Esa noche. Esos 45 minutos no dejarían a ninguno de los dos igual.

    Llevaba todo el día pensando en ti. No es justo, pero reconozco que nunca dejé de hacerlo. Las excusas, los amores inventados, rechazados, soñados... el dolor de un nuevo desengaño.

    Esta noche he soñado contigo. Íbamos camino de la playa. En realidad sólo habíamos quedado pera ir a comer, pero las cosas casi nunca son como aparentan ser, almenos no tan sencillas como parecen. Almenos no entre nosotros.

    Te recogí en la estación. 10 de la mañana. Vine a buscarte porqué ayer creímos que seria lo mejor para los dos. Sin hablarlo ni siquiera lo supimos. No hubiera estado bien.

    Esperabas nervioso. Como la primera vez, sólo que esta vez fue diferente. No pude esperar a que tus brazos me recogieran. Los necesito demasiado. Y tu beso. Tus buenos días tardíos.

    Ayer me estuve depilando. Todo el año lo hago. Almenos cada dos o tres semanas. Ahora más a menudo.

    La semana pasada leí un artículo curioso. Hablaba del monte de venus. De la depilación del vello del pubis femenino. Bonito nombre. Lo busqué en el google. Nunca imaginé que los genitales femeninos depilados pudieran ser protagonistas de fantasías sexuales masculinas.

    Pienso en ello. Lo cierto es que... bueno, no merece más comentarios. Sabes lo que he hecho...

    Subimos al coche [esto merece una pausa... mi amigo amarillo sigue siendo virgen...]

    Los dos llevamos el bañador debajo. La verdad es que últimamente me enloquece pensar que voy a tatuar mi cuerpo de marcas estúpidas así que olvido la parte de arriba del bikini.

    Nunca te he visto con pantalones cortos, hoy es la primera vez... un bañador azul marino. Discreto. Como tu. Llevas un polo anaranjado. Tu piel resalta. Se nota que hace días que haces media jornada...

    Yo me puse una falda tejana. Y encima una blusa. Blanca. Fina. La braguita del bikini es de color negro, pero claro, sentados dentro del coche no la ves. Se ata a los lados con un lazo de cordones con bolitas de colores. La verdad es que es bastante molesto cuando intentas camuflarlo debajo de las ropas de calle.
    Llevamos un rato en el coche y empiezas con tus discursos vitales. Tu mano izquierda, como antes, cómo siempre intenta distraer mi vista de la carretera, pero no lo consigues.

    Al final te cansas. Pones tu mano encima de mi pierna. La piel se me iraza y un escalofrió traidor que no pasa desapercibido llega a tus sentidos.

    Lo sabias. Lo sabíamos los dos.

    Somos amigos recuerdas... [sugiero sin demasiado convencimiento]

    Asientes.

    Pero tu mano sigue allí, inmutable.

    De pronto preguntas. Estamos en la autopista. ¿Hacia dónde nos dirigimos?

    La costa. La playa. No puede ser otra que la costa brava. Gerona.

    Sonríes. Tenemos tiempo pues, el camino es largo.

    Me estremece pensarlo pero es cierto. Lo es. Quedan almenos treinta minutos más. Dentro del coche. Sin música. Acabas de apagar la radio y estamos a solas. Tu, yo y nuestro respirar.

    Estoy excitada. Me excita pensar en lo que podría pasar. En lo que querría que ocurriese. En lo que me hubiera gustado saborear y lo que aun podemos... recuperar.

    Apoyas tu cabeza en mi hombro y te pierdes en el breve escote que te permite imaginar mis pechos. Tu aliento llega hasta mis pezones. Se endurecen sin que yo pueda hacer nada. Todo mi cuerpo está pendiente de ti.

    Susurras que te gusto, suave, casi despistadamente. Haciendo ver que no quieres que te oiga. Sabes que te escucho.

    Humedezco mis labios. Los muerdo. Me cuesta seguir conduciendo. Sugieres que paremos, pero aun no vemos ninguna área de descanso.

    Diez kilómetros. Nos desviamos y tan pronto como pongo el freno de mano bajas del coche y apareces en mi puerta.

    Juegas con tus manos debajo de mi falda y desatas los dos lazos que sujetan mi bañador. No hace falta que diga nada. Casi no puedo hablar. Lo soñado en pocas ocasiones acaba siendo real.

    Sonríes. Sé que estas excitado, perturbado, a punto de perder el control... así que caminamos. Vuelvo atrás para cerrar el coche. Las zonas de descanso de la A7 no son precisamente acogedoras, pero eso importa poco ahora.

    Miras hacia al lado y descubres mis ojos clavados en tu espalda mientras te alejas... vuelves atrás. No me he movido. Me he sentado en la capota del coche y tus manos viene delante de ti.

    Te sitúas entre mis piernas, obligándome a subir la falda para acabar acercándote más. Mis manos se agarran a tu cintura y persiguen tu piel debajo de la camiseta, debajo del bañador... curiosean hasta adivinar tu excitación. Tu deseo. ¿Nuestra perdición?

    Nos acariciamos durante unos minutos. Sonreímos y suspiramos nerviosos, conscientes que no es el lugar adecuado para estar como estamos. Así que húmedos, temblorosos, encendidos... subimos de nuevo al coche.

    No. No corrijas la falda. Déjala como está ahora. Quiero pensar tu entrepierna. Adivinar el olor de tu excitación... y tu mano sigue su camino... el mismo que seguirán tus labios, tu boca, tu lengua... el mismo camino que des de que nos vimos perdía nuestro pensamiento...

    No dejas de acariciarme. Los pechos. Las piernas. Los muslos. El sexo. Y yo... yo no puedo hacer nada... más que estremecerme. Pedirte que pares sin querer que me obedezcas. Llamar tu atención para seguir manteniendo la mía, para no perder aun el control.

    Deseo. Esa es la palabra.

    Hemos vuelto a la autopista. No hace falta cambiar ya más de velocidad. No hay coches. Sólo algunos. 140. Vamos bien.

    De pronto tu cabeza entre mis piernas. Tu aliento me hace estremecer, pero no puedo pararte.

    Descubres mi sexo desnudo. Y me dejas acariciarte, tocarte... masturbarte... Te recuestas en el asiento e inclinas la cabeza hacia atrás. No puedo ver tu expresión pero noto como tiemblas. Cómo te excitas. Oigo tus respiros, rápidos y descompasados. Te bajas el pantalón.

    Estamos fuera de sí. Ardientes. Calientes. Descontrolados. Locos.

    Ahora mismo. Escribiéndote. Pensándote. Sabiéndonos así me descontrolo y mi sexo se humedece preso de la imaginación.

    Rápido. Acomódate. Llegamos al último peaje. Después ya estaremos. Lloret y luego la playa.

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